martes, 26 de agosto de 2014


                             La migración se basa en el retorno.

Puedes irte muy lejos, con todo,
puedes aún llevar la familia contigo…
pero si llevaras también la memoria,
sabe que cuando se anda con la memoria encima,
es que se ha dejado algo
en el lugar de partida.
El recuerdo es el viajero
que regresa, compara, desdeña
 y en las alas del sueño
descansa en su tierra.
Aunque no le hayas prometido
a tu entraña el retorno,
inquieta rebuscará la vuelta.
El exilio era, antaño,
 el peor de los castigos.
Hoy voluntario se ha vuelto desde
 la lógica y la conciencia,
pero las invisibles raíces
han sido expuestas y repatriarse piden
y no por una división política,
de la que ellas no entienden.
Finalmente si no vuelves en vida,
verán unas cenizas que vuelan,
en apariencia erráticas,
sólo para quién no sepa…

miércoles, 7 de mayo de 2014

ECOS LEJANOS


No recuerdo como llegué, ni siquiera cuando, pero  podría deberse al tiempo que seguramente llevo en este pozo, y lo digo por la familiaridad que siento ya con el lugar o, mejor dicho, con la ausencia de él.
Estoy en absoluta oscuridad, al punto que a veces no estoy segura de tener los ojos abiertos o cerrados.
Creo recordar haber saltado hacia adentro, por eso le llamo pozo, por eso y por que he tocado cada una de sus paredes y no encuentro puerta alguna.
Se que tengo suelo. En él estoy la mayor parte del tiempo y un retrete al que me subo a veces, a tientas, para soltar mis desechos y otras tan sólo para estar sentada sobre algo diferente. Pero no tengo frío, ni tampoco calor… Llevo siempre la misma ropa, no quiero sacármela (aunque estaría más cómoda), por miedo (o esperanza) a que súbitamente alguien abra ese lugar por el que debo haber entrado. También tengo agua y la cañería por la que llega. Quepo de pié pero no me atrevo a subirme al inodoro o a la cañería, para saber si llego al techo, por miedo a que se rompan. Se que no tengo espacio para acostarme en el piso. Sólo tomo agua y cuando me paro cada día, me doy cuenta, no soy tonta, que la ropa, raramente, me queda cada vez más justa… Tengo una especie de enterito de algodón que se me antoja blanco y no llevo ropa interior.
Decía que debe hacer mucho tiempo que estoy aquí porque ya se si es de día o de noche por los ecos de voces humanas que llegan a través de las cañerías y los sonidos de los enceres que se atenúan y acentúa por espacios rítmicos que deben responder a cuando duermen y cuando están despiertos. Por  eso trato de dormir y mantenerme despierta también con ellos. Pero son tan lejanos que podría tratarse hasta de otra ciudad…
Aprendí a aguzar los sentidos para oír hasta el más débil de los ruidos y diferenciar vagos olores, de los que yo misma genero, nunca demasiado agradables.
Ya no tengo hambre, ni tengo frío ni calor ni cosa alguna.
Tomo agua sin sed, orino sin ganas…
Tampoco sueño (¿será por dormir sentada?).
No me queda nada… Suponiendo que alguna vez hubiese tenido algo, pero la verdad es que no lo recuerdo.
Respiro rítmicamente…respiro profundamente…respiro aceleradamente…raramente respiro…
Mi mayor entretenimiento es recorrer mi cuerpo, registrando cada centímetro, cada pliegue o arruga, cada bello, cada marca, reconociéndome ya de memoria, o sea, sabiendo lo que voy a encontrar antes de llegar y sorprendiéndome con las diferencias, seguramente producto de un envejecimiento prematuro.
No hay vuelo.
Clavo  a veces la mirada en un punto y ahí sin ver me pierdo en quién sabe que entelequias que no entiendo, como si fuera otra dimensión, otro mundo, pero tan vacuo como éste.
Podría ser ciega, no crean que no lo he pensado, pero tengo mi cuerpo y este otro cuerpo que es este lugar que no concibo, aunque es sin duda límite y encierro.
Está cayendo el silencio, como un manto nocturno sobre mis pensamientos.
A quien le hablo, me pregunto, aunque lo haga en silencio. Es que no quiero que sepan que pienso.
¿Quiénes? No lo sé… pero justamente por eso. Cómo ignorar con quién se comparten los pensamientos.
Los ruidos no cambian, la oscuridad es inmutable, al igual que mi silencio.
Tengo la referencia de que me crecen las uñas y el pelo. Claro que podría estar muerta, son todas éstas condiciones propias de ese estado, pero tomo agua. Los muertos no toman agua… creo…
He pensado que no necesito saber mi estado, pero la mente inquieta es la que pretende sacar conclusiones, resolver acertijos, mantenerme entretenida supongo, por eso la dejo.
Y si en el mundo ha caído una bomba atómica y yo quedé encerrada en algún tipo de reducto inmune a la radioactividad, pero afuera ya no hay nadie…
Entonces rememoro los acompasados sonidos y la teoría  se cae casi por completo.
Podría estar presa en un pozo de castigo de una cárcel, o perdí la cordura y estoy en una institución psiquiátrica. En ningún caso tengo memoria después de llegar aquí.
Nadie me alimenta, ni me medica, ni se ocupa de mí en absoluto.
Estoy sola…
Estoy a oscuras…
Tengo provisión de agua…y pocas necesidades físicas, aunque no coma.
Me he masturbado alguna que otra vez, también discretamente, por las dudas aquello de que escuchen o abran de pronto.
Me he hecho de rutinas sencillas porque, no se como lo sé pero sé, que dicen que son necesarias para mantener la cordura.
Si bien percibo un acento de tristeza de fondo, no sé cuál es la sensación que me predomina.
No, no puedo individualizarla/s.
¿Y si gritara pidiendo auxilio?
Comprendo que no tengo registro del sabor de los alimentos, o del contacto con otro ser y aunque lo negara hasta ahora, debo aceptar que tampoco tengo dientes…
Es sobrecogedor pero cierto.
Lo doloroso no es la experiencia, lo doloroso es  la memoria y yo no la tengo.
Así día tras día en una infinita soledad…siento como si el espacio fuera cada vez más pequeño, más agobiante, de mayor encierro.
¿No pesará la conciencia de mi carcelero?
Desde que tengo registro de los sonidos externos, también he contado los silencios y si no me equivoco, van doscientos cincuenta.
Extiendo los brazos y el límite parece moverse, no me pregunten cómo, pero estoy segura que me queda poco tiempo aquí, es la celda la que desea echarme, son estas paredes las que ya no me resisten, no yo a ellas…
Seguro conozco la palabra miedo pero es tan solo una palabra…
¿Y si soy parte de un experimento?
Los sonidos llegan ahora más fuertes.
De pronto la pared está cediendo, alguien la está rompiendo, literalmente.
Me agazapo contra un rincón, es mi espacio, bien lo conozco.
La pared se abre por completo, cierro los ojos, ya no puedo encogerme más, no tengo donde esconderme. Llegan hasta mí unas manos y me jalan con violencia.
La ropa ya no alcanza tengo frío, me quedo sin agua. Apenas abro los ojos los cierro por la intensidad de la luz. No, no soy ciega, pero no veo.
Siento que todo da vueltas, me cuelgan cabeza abajo, me golpean, luego me colocan contra una plancha de metal, la palabra miedo cobra tridimensionalidad, al igual que el mundo que me rodea, tengo mucho frío, me giran para un lado, me giran para el otro.
Me encierran en una especie de tela gigante, me cubren la cabeza.
Los seres que me rodean son gigantes, todos me miran, algunos lloran.
Me saludan, me hablan, no entiendo nada, no los conozco, no me interesan y sin embargo me nombran, me aprietan y me sueltan, apenas puedo verlos después de tanta oscuridad, pero ellos no lo comprenden.
Comienzo a tener hambre y sueño y dolores en el cuerpo…
Y yo que pensaba que el calvario era ese encierro…


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Desde la trágica construcción del ser, irradiada desde el vertebral centro, hasta culminar en la primer inhalación, el humano se compone del celular vacío.
A partir de allí, todo es expansión.

Recuerdo de aquella que fui, el eco lejano que dejó resonando el último latido.

viernes, 6 de diciembre de 2013

La danza de la muerte

Vas y vienes, sentenciando despidos,
idas sin vuelta.
Tan sólo a veces rozas, amenazas y sigues…
El color de la despedida teñido de ausencia.
Tú en silencio eterno y
todos llorando, pidiendo clemencia.

Ángel del Adíos, seamos amigos…
bailemos la danza, tu danza, mi danza,
tu de tu lado, yo del mío,
y prometo no temerte, no huir,
sólo bailar contigo, hasta que el cansancio me rinda,
y mis pies pierdan el ritmo de la vida,
entonces y sólo entonces podrás llevarme,

quieta y laxa hasta tu casa…







jueves, 7 de noviembre de 2013

Qué peor para un escritor que el silencio. Que la mente callada, quieta…
Espacio inevitable para la creación, sin embargo, esta vacuidad de quita y pon…
El necesario desacuerdo para impulsar el péndulo, la energía del ser no ser que genera el conflicto y con él el nuevo universo que representa la idea.
La nada bucea en la nada y se funde y confunde, movimiento de ola genera por fin y libera así su nueva expresión.

Al detenerme en el momento presente sustento esa nada y me pierdo, a veces observando mis manos, el cuadro detrás de la ventana, otras ni siquiera se qué.
Pero vuelvo, siempre vuelvo a la palabra. Las hilo como en una rueca que va tejiendo las hebras. Frases que expresan con mayor o menor fidelidad lo sentido, lo cavilado.

Maravilloso mundo, curioso mundo, sin límite alguno, más veloz que la luz, más efímero y al mismo tiempo más contundente que el cosmos mismo. Comprendo por fin cabalmente la primer ley del Kybalión "Todo es mente, el Universo es mental".


Nada, nada, entra ni sale del mundo material sin antes pasar por el espiral del pensamiento.  

miércoles, 2 de octubre de 2013

LAS HORAS ETERNAS

Sentadas en corro se les puede ir preguntando de a una, para hacer una encuesta de nivelación:

Sin son de quince: 1. nivel de estudios, 2. nivel de la falda, 3. nivel de novios, 4. nivel de independencia de la familia, 5. nivel del pelo, 6. nivel de cadera, 7. nivel de busto.
Resistencia al nivel de:  alcohol en sangre.
Nivel de tolerancia al tiempo: “el sábado a la noche salgo”.

Si son de treinta y cinco: 1. Nivel de estudios, 2. Nivel de trabajo, 3. Nivel de pareja, 4. Nivel de independencia de la pareja, 5. Nivel del pelo, 6. Nivel de cadera, 7. Nivel de busto.
Resistencia al nivel de: relaciones sexuales.
Nivel de tolerancia al tiempo: “no tengo un minuto para mi”.

Si son de cincuenta y cinco: 1. Nivel de memoria, 2. Nivel de trabajo, 3. Nivel de pareja, 4. Nivel de hijos, 5. Nivel de independencia de ambos, 6. Nivel de canas, 7. Nivel de cadera, 8. Nivel de panza, 9. Desnivel de busto.
Resistencia al nivel de: los calores de la edad.
Nivel de tolerancia al tiempo: “No tengo tiempo para nada”.

Si son de setenta y cinco: 1. Nivel de memoria, 2. nivel de conciencia, 3. nivel de contención, 4. nivel de contacto con la familia, 5. Nivel de pelo (cantidad por centímetro cuadrado), 6. Nivel de audición, 7. Nivel de visión, 8. Nivel de tensión arterial, 9. Nivel de azúcar en sangre.
Resistencia al nivel de: el escalón de la entrada.
Nivel de tolerancia al tiempo: “nadie tiene tiempo para mi”

Si son de ochenta y cinco o más:
Resistencia al nivel de: la soledad.
Nivel de tolerancia al tiempo: “las horas se me hacen eternas”

Son las mismas mujeres, a través de la efímera vida, fotografiadas en diferentes instantes para extraer lo que se considera fundamental en cada uno de ellos y se relativiza totalmente al siguiente.
Ninguno de los grupos comprende al siguiente hasta que lo atraviesa, o sea hasta que es demasiado tarde.
¿Qué es lo único importante de principio a fin?: despreocuparse y disfrutar. Si en cualquier momento de esta historia nuestra, personal, única, lo comprendemos y lo ponemos en práctica, habremos salvado la cosecha.

Como dicen por ahí, venimos solos y solos nos vamos…pero ¡cuán grandioso puede ser el interludio!.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Juan Clave


Para empezar a cobrar el sueldo por cajero automático, Juan se vio ante la insólita novedad de tener que habilitar una clave de cuatro dígitos. Era hasta satisfactorio tener un número privado para acceder a algo tan preciado. Pensó en el año de nacimiento del primogénito o el día y el mes de la niña . Tal vez la fecha de casamiento. Tanto pensó para no discriminar a ninguno de sus dos hijos que optó por el día de nacimiento de cada uno: 16 por el varón, 01 por la nena: 1601 era su gran clave de acceso al  dinero del su haber mensual.
En cuanto tuvo su PC en la oficina le pidieron que colocara una clave de seis dígitos para reservar toda su información: juan55 (no será original pero es la cantidad requerida)
Al poco tiempo se compró un teléfono celular. Relindo, toda una novedad para el, pero en realidad ya estaba comenzando a masificarse. Resulta que el “celu” le pedía una clave de bloqueo, entonces no se le ocurrió mejor idea que usar ahora los meses de nacimiento de sus hijos: 10 y 08: 1008 para el celular, 1601 para el cajero.
Cuando recibió su primer mensaje, excitado quiso escucharlo, pero una voz monocorde le pidió la clave. Sin comprender siguió todos los pasos que le pidieron y quiso poner la misma que para el bloqueo, pero la voz le dijo nones, debía ser diferente, bueno a la apurada su año de nacimiento: 1955. Cuando logra llegar al mensaje: “beeep…silenció….no tiene más mensajes, para escucharlo nuevamente presione 1…”
¡Qué chasco! estaba vacío…pero ya tenía tres claves: 1601, 1008 y 1955, eran fáciles de recordar…
La novedad comercial era que la tarjeta de débito se podía usar para compras, así que lo intentó. Señor marque su clave, le pidió la vendedora extendiéndole un aparatito, Juan marcó 1601, la chica le retiró el aparato, se quedó mirándolo y le dijo: me da error, márquela de nuevo. Error otra vez. Pero estoy seguro que es la clave del cajero. “No señor, la clave para pagar es distinta a la de sacar plata”. “Peló” avergonzado su billetera y pagó en efectivo. Menos mal que tenía encima.
En la oficina averiguó como era. En el cajero, en la tecla claves, luego obtención de claves, después pagos por débito, entonces digitó el año de nacimiento de su esposa: 1960 (dos veces). Pero al salir de esa opción le apareció un cartelito que lo conminaba a seleccionar una clave alfabética, entonces, así sólo frente al aparato y con una cola de cinco personas resoplando detrás, se hizo la gran pregunta: ¿que mierda pongo que después me acuerde?, má si, pongo el inicio del nombre de mi señora “SIL” -en continuo homenaje a la cónyuge-.
Salió apurado y colorado, dudando un poco de haberlo hecho bien. Caminando cabizbajo hizo un repaso mental: 1601, 1008, 1955, 1960 y SIL. Sospechó que tenía que empezar a anotar todo esto, así que cuando llegó a su casa tomó una vieja libretita y prolijamente dejo las claves asentadas.
Un par de meses después no recibió el resumen de su tarjeta por correo por lo que llamó al banco. Una nueva voz monocorde le indicó que debía tener una clave telefónica para poder operar, sin embargo en la opción décimo quinta estaba la posibilidad de hablar con un operador así que durante un buen rato escuchó “lo sentimos, todos nuestros operadores están ocupados en este momento”, hasta que surgió la voz humana. “Señor le voy a hacer unas preguntas y luego le voy a pasar para que cree su clave telefónica para operar” Yo sólo quiero saber el monto y la fecha de vencimiento de la tarjeta por que no recibí el resumen. “Si señor, entendí, pero le formulo unas preguntas y luego le paso, tenga en cuenta que la clave es válida sólo por un día, luego debe ir al cajero y sacar una en claves, opción banca telefónica. Después de varios datos, le pasó al disquito de nuevo, colocó 1234 (para hacerlo fácil), pero el sistema le dijo que no podían ser números correlativos, entonces puso su día y mes de nacimiento 0405, y así pasó a la información y pudo ir a pagar la tarjeta por cajero automático. Pero al hacer la clave para banca telefónica tuvo que cambiar la ya usada y en un destello de inteligencia la dio vuelta  0504 -bien yanqui mes y día del natalicio-.
Comentándolo en la oficina, un compañero le sugirió que hiciera una clave de homebanking para poder pagar todo desde su casa.
Para eso tenía que hacer lo que venía postergando aún ante la insistencia de sus hijos.
Se tenía que comprar la computadora. Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer, se dijo, y la compró nomás.
Clave de acceso: vaah, la misma que en la oficina, total qué saben: juan55.
La del homebanking ya es otra cosa, seis dígitos, es para pensarla: 195505 (mes y año de nacimiento, bien). Eso en el cajero, pero cuando llegó a la compu en casa le pide usuario, ¡qué se yo! murmura: Mateos, bien ahora la clave que obtuvo en el cajero, y el le dice: “debe actualizar su clave”, bien, a ver “Lauras”. Pero surge el mensaje: “La clave debe ser alfanumérica”, bien… Laura1, sigue la máquina: “clave de seguridad baja”, LAUra1. ¡¡¡¡Por fin….!!!!..Quien se puede acordar de esto, entonces Juan anota todo prolijamente, sin sospechar que a “Mateos” lo empezó con mayúscula. Ya lo penaría.
Con el último aumento de sueldo Juan debe presentar declaración jurada de Bienes Personales, así que necesita una clave fiscal de cuatro dígitos, igual que para vender la “bici” vieja de Mateo por Internet, o consultar la factura del celular, o la SUBE, porque le parece que el último colectivo que tomó le “comió” crédito y además ahora tiene mail y la primer dirección que quiso sacar estaba usada y la segunda y la tercera, así que quedó JUA_%%&55@....., menos mal que la clave fue más fácil: silvia.
Justamente Silvia se enteró por una amiga que se pueden cambiar los puntos de la tarjeta, entonces le pide a su marido que entre al sistema para consultarlos. Juan, seguro de tener las claves necesarias, entra decidido a la computadora, clave principal, clave secundaria nueve dígitos, telecódigo cuatro dígitos. ¿Y si no cambias puntos?, “pero Juan dicen que hay unas cosas bárbaras”. Llega a ver los puntos, los relaciona con los premios y le da para un baucher de $20 a cambiar en un negocio de electrodomésticos, ¡pero eso no alcanza para nada!, bueno quizás en un par de meses llegamos a un tostador eléctrico, “si vendría bien, ¿no?”, sale del sistema con dos claves más que sospecha que no volverá a usar…
La suma de modernosos elementos personalizados, los equívocos en el tipeo, que obligan a renovar las claves una y otra vez, los continuos pedidos de actualización propios de las empresas, llenaron la libreta de tachones y el espíritu de Juan de un cansancio raro, ese cansancio con ganas de llorar…
Estaba agotado de horas de contestadores automáticos, sistemas lentos o colgados, accesos denegados, y una exigencia mental por encima de lo necesario para sobrellevar esta “nouvelle époque” que nos prometió la tecnología para tener más tiempo para disfrutar de la vida.